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Hoy utilizamos este espacio para compartir con todos vosotros el testimonio que ha escrito la madre de uno de nuestros pacientes. Muchas gracias, es un placer haber participado en este proceso.

Recuerdo a mi madre con lágrimas en los ojos… recién llegada de enterrar al segundo hijo adicto de su amiga Joana, diciéndome: «Fàtima, hija mía, nunca te vea yo en ese estado, es lo peor que me podría pasar como madre»… «No conozco a nadie que haya salido de las drogas».

En ese momento yo era muy pequeña, no entendía nada, ni por un momento me imaginé que estas palabras se iban a convertir en mi realidad años más tarde, cuando me di cuenta de que en mi hijo Joel, que entonces tenía la edad de trece años, algo le pasaba.

De repente, mi hijo no era aquel Joel de siempre. 

Pensaba si era la adolescencia lo que le afectaba, porque nunca me había dado motivos para sospechar, hasta que un día mirando su mochila encontré un extraño objeto, una cajita que nunca había visto antes. Le pedí explicaciones, él reaccionó de una manera que nunca había visto, se fue de casa de muy malas maneras, dejó de hablarme, dejó de verme, se distanció de mí. Poco a poco fue dejando cosas importantes, como los estudios, las actividades que realizaba, dejó toda su vida construida hasta ese momento. Se convirtió en otra persona irreconocible. En ese momento empezó mi cruel pesadilla.

Estaba perdida en ese mundo, sin saber que la adicción era una enfermedad y que tenía tratamiento. Empecé a luchar con todas las armas que puede tener una madre para salvar y recuperar a su hijo de ese mundo tan infernal como es la droga, la adicción.

Lloraba día y noche, hice lo imposible para sacar a Joel de ese mundo. En mi mente solo habitaban infinitas preguntas sin respuesta. En mi vida he experimentado tal dolor, tal desesperación. Mi llanto y mi dolor no tenían consuelo. Solo podía sentir como me moría por dentro.

La adicción controlaba la vida de mi hijo y la mía.

Ver a mi hijo así es la tristeza, la desesperación y el fracaso más grande que he experimentado. Sentía en lo más profundo de mí, como la vida de mi hijo se derrumbaba junto con la mía. Íbamos a la par.   

 

Perdía la esperanza, perdía la salud y perdía a mi hijo.

Solo recibía constantes noticias de mi hijo, como que se lo habían encontrado inconsciente, sin sentido, solo tirado en el suelo de la calle a las tantas de la madrugada y llevado a su casa por una patrulla de los Mossos D’esquadra, después de haber sido atendido por una ambulancia… tan solo tenía catorce años.

Me sentía mala madre por no poder sacar a mi hijo de ese dolor, solo podía pensar que esa situación nos acabaría enterrando a los dos, era cuestión de tiempo y esperaba que llegara cuanto antes, porque no soportaba ver a mi hijo autodestruyéndose de esa manera. Ha sido la única situación que me ha superado en esta vida, que es el dolor que experimentas cuando se agotan todas las armas que tienes y no ves la solución.

Siempre he creído que no había nada superior a la fuerza de voluntad de un ser humano. Ignoraba esta enfermedad tan cruel como poderosa que arrastra a familias enteras. Una enfermedad que te anula como persona, convirtiéndose en un malvivir para ti y los que te rodean.      

La interminable pesadilla duró solo tres años, hasta que una mañana de un jueves de enero, mientras me encontraba en mi trabajo, recibo una llamada en mi móvil, era Joel. 

Algo en mí se estremeció, contesté y una voz me dijo, “mamá estoy mal, me muero, perdóname”. Era una llamada de despedida, tan triste como esperanzadora. No lo pensé, cogí mi bolso y le dije a mi hija, que en ese momento se encontraba a mi lado que nos teníamos que marchar. Al llegar con el coche al sitio donde Joel se encontraba, bajé del coche y él me abrazó. Me dijo:

mamá he tomado droga, me muero, llevo tres días sin poder comer, sin beber y sin dormir y si no me muero me quedo tonto o me vuelvo loco, lo subí al coche y lo llevé a dos hospitales, no sabían ayudar a mi hijo. Me lo llevé a casa, aun con la desesperación de no saber qué hacer, pero más tranquila porque él estaba conmigo.

La noche llegó y después de ver como Joel reaccionaba, me di cuenta de que no sabía ayudarle. Después de hablar con mi marido, decidimos buscar un centro que se dedicara a ayudar a las personas con problemas a la adicción. Es cuando recurrí a profesionales. Al día siguiente después de buscar, encontramos un teléfono, llamé y dije: necesitamos ayuda, mi hijo tiene problemas con las drogas, nos atendieron el mismo día.

Llegamos al centro, nos sentaron en un despacho a todos, (hermana, padre, padrastro, Joel y yo) cuando escuche por primera vez, “tu hijo está enfermo, pero tiene solución y nosotros le vamos a ayudar”, a esa frase se añadió otra, la de mi hijo, “he decidido que quiero quedarme, quiero salir de esta, quiero que me ayuden, ¿puedo?”.

El aún no lo sabía. Sin duda, en ese momento estaba tomando la decisión más importante de su vida.

En ese momento me encontraba en un estado de impacto, no entendía nada y confié a mi hijo de dieciséis años a unos desconocidos, sabiendo que no volvería a hablar con él hasta dos semanas después, hasta dentro de dos viernes, era lo convenido. Cuando llegué a mi casa me derrumbé, estuve llorando hasta el día siguiente.

Pasaron dos semanas, fuimos a la primera terapia familiar, allí pude volver a ver a Joel, esta vez su aspecto era diferente, era mejor. Nunca olvidaré su mirada, ni el primer día de terapia familiar. cuando escuché el testimonio de otras madres en mí misma situación y me sentí identificada, eso me consoló y me animó junto con el arropamiento y apoyo del equipo terapéutico.   Allí escuché por primera vez que era la co-adicción.

A medida que asistía a las terapias de familia, cada viernes de la semana, y al poder hablar con su terapeuta y escuchando experiencias de otras familias, fui adquiriendo consciencia que a mi hijo se le había desarrollado una enfermedad y que allí nos podían ayudar, que le daban las suficientes herramientas para saber llevar la enfermedad. 

Han pasado tres años desde aquella llamada, Joel tiene diecinueve años y lleva tres años de terapia, actualmente sigue su terapia en el Centro Terapéutico La Garriga y se ha convertido en un ejemplo para toda la familia.

Hoy escribo estas palabras con el corazón lleno de esperanza, de confianza y agradecimiento.

Ha día de hoy he recuperado a mi hijo y él ha recuperado su vida.

Estoy segura de que jamás lo hubiéramos conseguido sin la ayuda profesional del Centro Terapéutico La Garriga. Siento que somos un equipo, y sé que este es el único camino que te da las herramientas, y si las utilizas, te protegen y cuando haces el tratamiento al cien por cien, el tóxico no tiene lugar. Ha sido un trabajo personal muy importante.

Aún nos queda trayecto por recorrer, el camino de una rehabilitación de este grado es duro y largo, aunque nada comparable a la recompensa de haberlo logrado.

Esta experiencia me ha aportado mucho, no solo a nivel de madre, si no como persona. Ha enriquecido tanto la vida de mi hijo como la mía. Hemos aprendido y adquirido herramientas que nos ayudará a llevar una vida normal.

Ojalá estas palabras sirvan de esperanza a muchos adictos, co-adictos, madres, padres, cónyuges, familias…   a vosotros, que podéis estar viviendo un problema similar, aquí tenéis un lugar para vosotros y quiero que sepáis que no estamos solos, tenemos la ayuda, el apoyo y la atención tanto profesional como personal de un equipo terapeuta que te acompaña en este proceso de recuperación.

Escribo estas palabras con todo el cariño, el Amor y profundo agradecimiento de una madre.

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